
Sin ánimo de entrar en las valoraciones que cuestionan el Nacimiento de Jesús en pleno invierno y lo sitúan en plena estación seca. Sin querer debatir sobre los elementos que muchos consideran propios de leyendas orientales como la aparición de seres alados y señales luminosas en el cielo, lo cierto es que tenemos un hecho crucial, el Nacimiento del Hijo de Dios y un primer mensaje dirigido no a los más sabios ni a los jefes religiosos, sino a unos pobres pastores, un grupo de personas humildes a las que se anunció “Paz a los hombres de buena voluntad”.
En estos días recordamos aquellos acontecimientos y las ciudades se llenan de representaciones típicas en las que se nos hace ver como Aquel que todo lo tenía, que podía haber elegido cualquier lugar y circunstancia para venir al mundo, se decantó por lo más sencillo y humilde, de este modo nos hacía ver que lo más importante no es esa gloria terrena que pretendían los israelitas con su esperado Mesías, sino la eterna del cielo. En definitiva, se vislumbraba el mensaje “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma?” No significa, ni mucho menos, que en nuestra vida terrena tengamos que estar penando y sufriendo todo tipo de calamidades para alcanzar la eternidad. El propósito es otro; se trata de que no nos aferremos a lo perecedero, al envoltorio, a lo que deslumbra pero es efímero. Que por conseguir esos bienes no seamos capaces de olvidar los más elementales principios humanos y nos fabriquemos nuevos becerros de oro a los que adorar.
Las circunstancias que actualmente se viven parecen conducirnos de forma irremediable hacia un mundo más insolidario, donde los ricos serán cada vez más ricos y los pobres más pobres. Esta situación que se vivía en el llamado Tercer Mundo, parece asentarse ya en la vieja Europa donde las diferencias sociales se van acentuando a un ritmo acelerado. Por eso, precisamente, no quise dar el mensaje de “Feliz Navidad” cuando todos, por costumbre, lo hacen.
¿A quien debo felicitar por el Nacimiento de Jesús? ¿A esos políticos corruptos, parásitos de la sociedad, que llevan décadas aprovechándose de un sistema creado por ellos y para ellos y ahora pretenden dar lecciones de austeridad diciéndole a los demás que los recortes son inevitables? ¿Debo felicitar acaso a esos banqueros –no a los altos, sino también a esos directores de sucursal- a los que importó más la cuenta de resultados de su oficina (comisiones para ellos incluídas) que el luchar contra sus superiores para que no se asfixiase por falta de financiación un pequeño negocio? ¿Acaso debo mandar mis felicitaciones a esos sacerdotes que han sucumbido al coche de alta gama, al ipod último modelo y a la iglesia parroquial con suelo radiante? ¿O tal vez a esas Comunidades que se encierran cómodamente en sus conventos el día de Nochebuena y no salen a la calle para sentar en su mesa a los que se encuentran sin un techo, enfermos o solos?...
La verdad es que no sabía muy bien a quien felicitar, si a esa Justicia que es lenta como tortuga para los banqueros que se han asegurado retiros multimillonarios y han dejado en quiebra a su entidad, o a la que es ultrarápida para deshauciar a unos pobres ancianos que avalaron con su piso al hijo que ahora no puede pagar. No sabía si estar sonriente en una Misa del Gallo donde veo a familias disimular una felicidad que no es cierta después de verse obligados a compartir una cena donde la mitad no se sentían cómodos, o dar los dos besos a las que cubiertas de pieles leen las lecturas en el altar. Tampoco supe si debía enviar mi felicitación a quienes en el centro de Madrid celebrarán una vez más una liturgia en la que se nos presentan como el modelo ideal de familia cristiana, descartando otras formas de expresar el amor, o debía reservarme para aquellos prelados que han escrito cartas incendiarias pero que miraron para otro lado cuando algunos sacerdotes faltaban a sus más sagrados deberes en sus propias diócesis.
La verdad es que, ante la duda, decidí no felicitar a nadie en el día de Navidad y lo hice como protesta, una protesta que iría dirigida a mí mismo en primer término. Protesto porque en nuestros corazones sigue habiendo enemistades, rencor y falta de solidaridad. Protesto por que somos egoístas y hasta los que decimos seguir a Jesús, estamos más preocupados por nosotros mismos que por aquellos que nos rodean. Protesto porque apenas quedan amigos leales y auténticos y porque nos tomamos, yo el primero, la llamada del Señor como algo que cogemos sin dar cambios radicales a nuestras vidas, centrándonos en nuestras conveniencias y, muchas veces, olvidando por completo a los demás. Por todo ello, no transmití entonces mi felicitación, permitidme, no obstante, que pueda hacerlo ahora. Y lo hago porque, aunque es cierto que en este mundo que nos ha tocado vivir cuesta ver la buena voluntad de los hombres, no lo es menos que el Nacimiento de Jesús supone cada año una nueva esperanza, la misma que hoy me lleva a creer que seremos capaces de cambiar poco a poco nuestro corazón, y en mi caso al firme propósito de hacerlo a partir de este momento.
Con mi deseo de no tener que ilustrar más la Navidad con la imagen de una publicidad bancaria, junto a un árbol navideño como telón de fondo de una pobre ancina que pide limosna tirada en la calle mientras los viandantes pasan ignorándola con las compras de unos grandes almacenes, quisiera enviar un abrazo fuerte a todas aquellas personas de buena voluntad.